Bueno, de siempre se ha dicho que cada tema con su loco, y de temas está el mundo lleno, pero locos no hay menos, así que... Me ha dado por los laberintos.
De nuevo las jornadas de EcoAldeas me nutren y enriquecen. De éste, entre mucho más, me llevo el plano del laberinto, y la llave.
Nos encontramos un puñaíto de personas, cada una el nudo de su tela. Tejiendo el hilito, Ariadna nos había cosido las unas a las otras.
El laberinto, la vida.
Entras y sigues tu camino. Porque es el único que puedes seguir.
Giras en cada recodo, sigues la recta cuando se tercia. A lo largo del recorrido encuentras a gente, hasta la curva en la que la pierdes. El centro se aproxima cada vez más, hasta que comienza a alejarse para volver a estar ahí, al alcance de tu mano. Otro giro, la persona que antes caminaba a tu lado te llega de frente y de improviso. Otra vuelta, el centro más lejos; constancia, tesón, y siempre se llega al final.
E igual es el retorno: vericuetos, Minotauros, Ariadnas, altos, bajos, tú, los demás, cerca, lejos, hoy, mañana...
La salida. La meta. La vida entera en siete vueltas, y vuelta.
Juntos salimos, cogiditos de la mano, siguiendo la cuerda.
Y cualquier día, en cualquier giro, volveremos a encontrarnos de frente.
Yo mientras, semilla que brota, crece y da frutos, voy a ir regando mi mundillo de piedras y de giros.
El primero, en el Sacromonte, en la puerta de la Cueva.
Próximo destino...
¡La vida entera!

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